viernes, 18 de junio de 2010

ROSAS PERDIDAS

Este ha sido, sin duda, el mes de junio más lluvioso de cuantos alcanzaba a recordar. Horas sin término de lluvia limitando espacios en todos los ámbitos, arruinando los días más largos y diáfanos de la primavera, destruyendo huertos y frutales, ablandando tierras y corazones, desluciendo los amaneceres y apagando sin pudor las puestas de sol. Lluvia pertinaz antipática y absurda que aún con ser tanta no ha logrado silenciar los últimos alientos de las hogueras de juevesanto y se ha mostrado incapaz de reducir al olvido las fantasías que jugaban a sombras en las bocacalles y en los callejones de invierno. Esta mañana de grises compactos y veloces que dejaban sin sentido el horizonte se asoma al inmenso vidrio azulado de sus ojos cansados y observa desolado el manojo desguazado de pétalos derrotados y sucios mira, madre, en qué se ha convertido lo que ayer mismo eran rosas, mi amor, rosas blancas, madre, radiantes y firmes de insuperable belleza. Porque esta noche ha llovido, ha vuelto a llover, ha seguido lloviendo sin compasión y sin tregua esta noche de junio que debería haber sido de luna y ha sido de nubes negras y de agua sin piedad y de antiguas pesadillas de rosas muertas, de rosas secas, de rosas sin hijos.

Entre el ruido incesante de la lluvia que retumbaba sobre las canaleras de su memoria se puso a revivir en qué lugares de su infancia florecían las rosas más espléndidas y soñaba que eran tres los lugares en que brotaba con más facilidad la magia de la floración. Uno era aquel jardín prohibido con nombre cifrado donde muchos años después frente al espejo de sus años inciertos había de recordar las tardes en que se trepaba la tapia de piedras dormidas pretendiendo atrapar los adioses de tus manos tristes y tan solo no consiguió olvidar ni en los trances más difíciles el olor indescriptible de estas rosas rosas, madre, de esas rosas rojas, madre, de aquellas rosas malva, madre, de todas las rosas de todos los colores de las estrellas celestes. Otro espacio de nostalgia era el conjunto de rosales de flores perpetuas que vivían apostados en la tapia del cementerio viejo de pétalos tan frágiles que con el calor de una débil caricia se desbarataban con estrépito en cascada de naipes y sólo quedaban los estambres solitarios y asustados. Y el último refugio para las rosas vivas no era otro que tu corazón de divinidad inalcanzable que yo te veía de lejos pasar por mi calle y no entendía, madre, por qué se me aceleraba la respiración invisible y no quiero que te vayas a vivir a Madrid y nos dejes huérfanos de tu nombre en los recreos de media mañana ni en los despertares de niebla. No quiso agregar en el recuento para no hacer más insoportable el dolor por las rosas perdidas la colección de rosas de papel que dibujó sin control en pergaminos de seda y que cuando volvían a reír las primaveras de leyenda se abrían en abanicos de arcoiris increíbles y en los otoños tempranos producían semillas auténticas que sembradas en tierra fértil florecían con los colores jamás vistos de la bandera de la patria.

Y sin embargo mira ahora el lamentable espectáculo de decepción en que se ha convertido, madre, lo que era un fabuloso tesoro de sus rosas blancas que ya no me sirven para lo que yo había soñado tantas noches mientras descifraba crucigramas del alba y es que ya no quería comprar rosas en los viveros de los palacios de cristal pues él quería más, quería tener sus propias rosas para llevarte una cada domingo de gloria y mira, madre, que este junio atroz de aguas sin medida me las ha destrozado y qué hago yo ahora sin mis rosas blancas, que podía hacer ahora con las rosas ahogadas, cómo podría vivir ya, mi amor, sin tus rosas perdidas.


TEXTO Y FOTO: Santiago IZQUIERDO

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