viernes, 19 de agosto de 2011

DE LA NATACIÓN

Muchos años antes de que alguien se aventurara a llevar a cabo el primer ensayo de una piscina industrial en el pueblo, los chicos ya tenían resuelto satisfactoriamente el problema de los baños durante el verano. Era ello cierto, pues ya estaban muy bien establecidos los lugares donde podíamos aliviarnos de los rigurosos calores del estío, —que en aquellos remotos tiempos del cometa verdaderamente lo eran—, y cualquiera era bueno con tal de conseguir unos minutos de alivio y una mínima sensación de frescura. Entre todos, el de mayor prestigio era, sin duda, el Estanque del Capataz, porque era allí donde iban a nadar los mozos y los chicos mayores, y los que fueran expertos nadadores. Mas hasta acceder a aquel recinto de privilegio, amplio era el periplo que había que recorrer en aquellos interminables veranos de fuego que alcanzaban sus cotas máximas entre los días de Santiago y la Virgen de Agosto.

Por aquellos años —de aún tierna infancia— teníamos ya superado el recurso fácil de, fugándonos de la obligatoria siesta, ir a nadar “en pernetas”. Tal modalidad no precisaba aprendizaje ninguno, y sólo era menester descalzarse y caminar sobre el lecho del arroyo evitando lastimarse con cristales, piedras o ramas, y jamás caerse al agua para no volver a casa con los pantaloncillos mojados. Aunque, en realidad, cualquier madre estaba al corriente de cómo practicar la prueba que demostraba de forma inapelable que has estado nadando, y te vas a enterar, bastando para ello raspar ligeramente con la uña materna en las pantorrillas del infante. En efecto: un delator surco blanquecino quedaba impreso en la piel morena que demostraba sin ningún margen de error la práctica del baño prohibido. Aparejado a lo de nadar en pernetas iba la caza de renacuajos, que se acometía con dos fines: cebar a alcotanes y mochuelos capturados en sus nidos, y para avanzar en nuestras prácticas de cirugía, pues ya sabemos cómo sacarles las patitas de la tripa pinchándoles con una paja y convertirlos así en ranas prematuras.

El paso siguiente era aprender a nadar de veras. El método común y simple consistía en adentrarse en una de las pozas de las que con frecuencia en el arroyo se formaban, y sujetando con ambas manos un tronco lograr mantenerse a flote, y después, pataleando en el agua, conseguir avanzar. Funcionaba: con la cabeza sumergida hasta la barbilla atentos vigilábamos las riberas y la floresta, y éramos saludados al surcar nuestro recién estrenado océano con miradas tibias y silbidos dulces de culebras de agua. ¡Qué inolvidables tardes de verano!

La seguridad y soltura que llegábamos a alcanzar asidos al tronco desembocaba en amagos de nadar sin apoyatura, y hasta que se conseguía, —siempre en profundidades que no me tape—, no eran pocos los tragos de agua que sufríamos y que no sabían a cloro, sino a pura pecina. Dependiendo de la habilidad de cada cual, antes o después aprendíamos a nadar.

Ya podíamos adentrarnos en regajos de aguas verdes y misteriosas. Ya podíamos desafiar el vértigo temerario de cruzar pozos de agua helada —de un diámetro que nunca superaba los tres metros, pero que se nos hacían interminables, y de profundidad desconocida— donde nadábamos sin respirar a altísima velocidad de brazada para llegar cuanto antes a las piedras de la orilla opuesta. Ya podíamos acudir sin demasiado temor a lugares más amplios y concurridos como lo eran las presas en el arroyo que nosotros mismos construíamos aportando como hormiguitas piedras, tierra, ramas y hierbas. Conseguíamos así espacios perfectos, según nuestra concepción del mundo, para la práctica del deporte estival. Gran renombre alcanzó una que se hacía en la chopera de El Doradillo aprovechando una recta del arroyo que tenía, además, el fondo llano.

Lugares más selectos para ir a nadar eran las piscinas. Que en aquellos tiempos eran tres, a saber: la de Las Moralas, la de Enrique, y la del Capataz. La primera estaba en Rubiejo, dentro de una finca cerrada, con lo que si no existía una invitación para acudir a ella, hacerlo era soñar lo imposible. La segunda, ubicada en Garenes y circundada de chopos, —de dimensiones de ocho por cuatro metros—, no tenía cercado alguno, y chicos hubo que se bañaban alegremente en ella convencidos de su realidad olímpica. Y, por fin, estaba la del Capataz, que aún no alcanzando la categoría de piscina y quedándose sólo en la de estanque era, como ya se ha dicho, la de más alta reputación.

El estanque —que no piscina— hallábase situado en la carretera comarcal que conduce a la capital, y exhibía longitud de hasta tres metros, quince centímetros, anchura de un metro y noventa y cinco centímetros, y profundidad de uno con sesenta y cinco metros. Estas dimensiones, u otras aunque fueran tan grandes como nuestro mundo, ya apenas podían asustarnos porque éramos peritos en materia de natación. Los mozos, entre nadar y nadar, sentábanse en las paredes del estanque y allí pasaban las horas comentando hazañas imposibles, proezas inverosímiles y fantasías varias que los más jóvenes escuchábamos con admiración mientras repetíamos una y otra vez largos con brazadas nerviosas. Era el foro abierto en las tardes de verano. Era nuestro inmenso mar acotado por rastrojos abrasados.

Estos fueron, más o menos, (porque apenas si hay que mencionar los bidones llenos de agua casi hirviendo en los que nos sumergíamos sin saber muy bien a qué, pues más que refrescarnos, al punto estábamos en los principios de la cocción), los espacios que manejábamos en aquellos interminables días de verano para defendernos de los calores extremos.

Para una mejor comprensión de cuanto se lleva relatado, ha de añadirse que la mayoría de los chicos nunca habíamos visto el mar ni cualquier otro lugar diseñado y dotado con medios adecuados para bañarse.

Ítem más: que no existían, para nosotros, toallas de baño, ni bañadores de diseño (incluso, a veces, algunos nadaban en chichorrillas), ni cremas de protección solar, ni bicicletas para desplazarnos a las zonas de baño. El progreso estaba aún muy lejano. Sólo estábamos nosotros, con nuestro calor insoportable y con nuestra niñez apasionada a prueba de toda dificultad que nos dotaba de infinitas armas con que hacer frente a todos los veranos y a todas las inclemencias por imposibles y adversas que fueran.

Nunca supimos con certeza si era cierto o no que existieran lugares donde ellas acudían a bañarse. De saberlo, acaso hubiera tenido la osadía de espiarte por una rendija de luna para ver a lo lejos tu cuerpo de garza niña reflejado en los cristales asustados. O tal vez nunca lo hiciera, no fuera luego tu visión una tortura perpetua. Hasta que una tarde incierta de agosto apareció en el pueblo una más que niña francesa, de cuyo nombre nunca he logrado acordarme, que vestía un pantaloncito muy corto de color rojo radiante, y algunos oyeron que decía que iba a bañarse a un lugar secreto de nuestro arroyo mágico.

SANTIAGO IZQUIERDO

Nota (para algunos lectores innecesaria): Estas palabras no son el resultado de un ejercicio de estilo, ni la pretensión de una redacción exquisita. Es un texto, como haya salido, que relata hechos reales. Pregúntese, si no, a los que los vivieron y conocen la verdad.

 
 

 





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