viernes, 1 de mayo de 2015

CARTA DE UN LECTOR SOBRE "MEMORIA DE UN INSTANTE"



Estimado señor director de El Sotiblog:

Hace días vi publicada en el Diario de Burgos  una pequeña reseña sobre el asunto, y la verdad es que me llamó poderosamente la atención porque vi en la foto algo que no había visto en otros cuadros de corte religioso. Aunque lamenté no poder ir a verlo en los dos días que estuvo expuesto al público, tampoco lo había echado en el olvido pues pensé que saldría alguna reseña en su blog, como así ha sido. Y le digo que, después de verlo ahora con más detalle, me sumo a lo expresado por la firmante del artículo.

Y aquí es donde viene mi sugerencia. Ya que, según se lee en el artículo de Magdalena, el origen del cuadro en cuestión es el texto "VIERNES DE ABRIL: MEMORIA DE UN INSTANTE", que es donde se encuentran todas las claves, ¿no podría usted hacerse del mencionado texto y publicarlo, y así sabríamos qué es lo que dice?

Reciban un saludo.

U. Buendía 








RESPUESTA DEL AUTOR





                                        VIERNES DE ABRIL: MEMORIA DE UN INSTANTE



Muchos somos los que a esta hora de la tarde estamos congregados en este familiar altozano presenciando cómo el cuerpo sin vida del joven Maestro está siendo bajado de la cruz por manos expertas que consiguen el equilibrio fabuloso de tener en sus manos el peso de Dios. Mientras terminan tan delicada operación -en medio de un silencio sobrecogedor- hacemos un apretado recordatorio de lo sucedido este viernes de abril.

Los que a media mañana llegamos aquí acompañando en su doloroso recorrido al Maestro, encontramos a un viejo aficionado que estaba pintando un paisaje próximo de todos conocido. Al ver el desarrollo de los acontecimientos y lo que estaba ocurriendo, quiso dejar constancia de ello trazando con habilidad, en un lienzo nuevo, rápidos esbozos del crucificado, hasta que la luz se fue. Porque hacia el mediodía las tinieblas cubrieron la tierra y se produjeron fenómenos extraños: la tierra tembló, los peñascos se rompieron, el velo del templo se rasgó al tiempo que se producía un espectacular incendio, y las tumbas se abrieron. Sobre la media tarde el Maestro expira y, por un momento, el mundo se paraliza. Vuelve luego la luz a su pulso habitual pero pronto se insinúa ya la puesta de sol. Cuando, en breve, llegue la noche ya tendrá que estar enterrado el cuerpo sin vida, por lo cual hay que bajarlo presto de la cruz. Y aquí estamos, sin apenas dar crédito a nuestros ojos, aguardando el final de este calvario. Pero aún queda tiempo suficiente para una última mirada que nos permita descubrir y anotar en la memoria hasta el último resquicio del atardecer.

Vemos en el centro al Maestro muerto, pero con serenidad conmovedora, de cuyo pecho abierto brotan palomas blancas viajeras a las torres, y pétalos de luz para iluminar los futuros de los hombres.

Vemos la cruz alzada como símbolo de dolor y redención, y norte seguro para los tiempos de desorientación y niebla. Cuajada está de signos que pudieran ser nombres o fechas, o tal vez los listados de nuestras innumerables miserias.

De pie, aun rota de dolor, vemos la presencia azul y serena de todas las madres del mundo mostrando su entereza en las tragedias incomprensibles; vemos firmes los soldados que sólo nacieron para custodiar imágenes y velar monumentos; vemos lágrimas ocultas abrazadas a la cruz.

Vemos en el suelo señales del tormento y tempranas floraciones de rosales; vemos las entrañas abiertas de la tierra que descubre sus mundos ocultos. Vemos un galeón fantástico cargado de recuerdos tratando de navegar por el arroyo sin fondo rumbo a un mar imposible.

Vemos abajo a nuestro pueblo –convertido hoy en el centro y capital del mundo- en el que están desplegadas todas las fuerzas y poderes que rigen las naciones, y que, junto con todos nosotros, son testigos, actores o comparsa en la tragedia que hoy estamos viviendo.

Vemos el caserío abrazado por una incompleta muralla que puede ser accionada por mecanismos capaces de alterar el espacio y el tiempo. Vemos que de la parte rota del corazón del Cristo brota la energía capaz de remover el tiempo, el espacio y los cimientos del orbe; de ordenar con precisión los guiños de las estrellas, las tramoyas de las constelaciones y el rumbo del cosmos.

Vemos que en el recinto urbano se dan citan los poderes del mundo (religiosos, políticos, sociales y económicos). Vemos enhebrarse con el tiempo pasado y el futuro las propuestas urbanísticas, de la cultura, del arte, del deporte, de la fiesta y de la farsa. En el centro de la plaza vemos izada sobre un mar de banderas, la más válida de todas -la de la paz- para cubrir de blanco los huecos que dejan abiertos las heridas y los fracasos.

Vemos como extramuros se apaga lentamente el paisaje ya apenas sin luz, y en la distancia inabarcable adivinamos la ciudad primera con sus agujas de piedra y, acaso, el mar de los sueños. Se pone el sol sin remedio y una estrella mínima firma con línea blanca sobre el difuminado pergamino del crepúsculo. Pero vemos con claridad que en el otro extremo del mar empieza a gestarse la luz de un nuevo y prometedor amanecer.

Dentro de unos minutos este acto habrá concluido, y nosotros volveremos a nuestras casas cuando ya estén encendidas las hogueras de las estrellas, y la luna llena sea dueña por entero de la noche. Mañana, al preguntarnos, quizá no sepamos responder con claridad si todo esto ha sido la inexplicable explosión de luz de un instante infinito, o es que hoy se ha repetido la historia y que se repetirá por siempre hasta el fin de los tiempos.”




    DESCENDIMIENTO (II)

Confieso que siempre he deseado pintar un cuadro sobre nuestro Descendimiento –ceremonia que a todos emociona–, pero no acababa nunca de encontrar ocasión propicia, fuerzas suficientes, o ánimo adecuado para hacerlo. Ha sido en la lectura de “VIERNES DE ABRIL: MEMORIA DE UN INSTANTE” (*) donde he hallado el impulso definitivo que me faltaba.

He interpretado punto por punto, a mi manera, tan emocionante texto, poniendo imágenes y símbolos al enorme caudal de ideas expresadas en él. He concretado detalles apurando el discurso y llevándolo a terrenos conocidos hasta allegar un apretado mosaico de figuras y paisaje. El fantástico relato, que ha sido el verdadero hilo conductor de la composición, me hizo descubrir que lo que en realidad me interesaba pintar, no era una mera reproducción del Descendimiento tal como lo vemos en nuestra iglesia, sino que quería ir más allá: quería una obra que tuviera carácter universal; quería conseguir una pintura con la que reflexionar sobre la historia, el tiempo, el arte, la religión y los sentimientos. Quizá lo que en el fondo perseguía era el ilusorio objetivo de fijar en un lienzo lo inaprensible: el misterio; o soñar con reescribir la historia.

Así es como ha nacido esta recreación estética -completamente subjetiva- que hoy tengo el honor de compartir contigo. Aunque no pretende demostrar nada, te ofrece diversos planos para el análisis, desde el meramente artístico hasta otros que tú mismo puedas llegar a descubrir. Pero lo más importante es que, tal vez, llegue a sugerirte recorridos por senderos poco explorados del corazón, que es el único lugar desde donde puede ser contemplada esta obra en toda su extensión.



(*) Probablemente escrito -en cualquier lugar del mundo- por persona muy allegada al Descendimiento, donde relata su intensa experiencia, de origen onírico o de otra naturaleza. El texto manuscrito se ha pasado a limpio a causa del mal estado en que se encontraba el papel encontrado.



A MODO DE EXPLICACIÓN (por si pudiera servir)



Diversas fórmulas he ensayado para intentar “explicar” este cuadro –como algunos me pedían– para, al final, convencerme que todas habían de ser de escasa utilidad. Porque, bien mirado, no hay mucho que explicar: sólo hay sentimientos expresados y sugerencias sembradas. Nada más. Los posibles espectadores son muy capaces de captar los mensajes y descifrar las claves. Si no lo hicieran, solo sería porque están mal formulados, o inadecuadamente insinuadas. De todas formas anotaré un par de comentarios, de tono general.



A) DE LO QUE SE VE: LOS ELEMENTOS FORMALES

Desde el lugar en que se está llevando a cabo la acción se ve el pueblo con una configuración atemporal donde se dan cita –en aparente desorden– elementos que pertenecen al pasado (real o imaginado), al presente y a un hipotético futuro. En el horizonte, las llanuras sucesivas finalizan en las agujas de una catedral gótica. Una impresionante puesta de sol preside la composición pero, al final, un incipiente y esperanzador amanecer se insinúa sobre un mar rojizo.

B) DE LO QUE SE SUGIERE: MÁS ALLÁ DE LAS FORMAS

Al final de cualquier posible explicación, o cuando ya todas se hayan acabado, solo queda la idea central: la actualidad permanente de la muerte de Cristo, y de su mensaje. Con la particularidad excepcional de que el escenario elegido no es otro que nuestro pueblo, que es así elevado –aunque solo sea por un instante inmortal– a capital y centro del mundo.

SANTIAGO IZQUIERDO