Este ha sido, sin duda, el mes de junio más lluvioso de cuantos alcanzaba a recordar. Horas sin término de lluvia limitando espacios en todos los ámbitos, arruinando los días más largos y diáfanos de la primavera, destruyendo huertos y frutales, ablandando tierras y corazones, desluciendo los amaneceres y apagando sin pudor las puestas de sol. Lluvia pertinaz antipática y absurda que aún con ser tanta no ha logrado silenciar los últimos alientos de las hogueras de juevesanto y se ha mostrado incapaz de reducir al olvido las fantasías que jugaban a sombras en las bocacalles y en los callejones de invierno. Esta mañana de grises compactos y veloces que dejaban sin sentido el horizonte se asoma al inmenso vidrio azulado de sus ojos cansados y observa desolado el manojo desguazado de pétalos derrotados y sucios mira, madre, en qué se ha convertido lo que ayer mismo eran rosas, mi amor, rosas blancas, madre, radiantes y firmes de insuperable belleza. Porque esta noche ha llovido, ha vuelto a llover, ha seguido lloviendo sin compasión y sin tregua esta noche de junio que debería haber sido de luna y ha sido de nubes negras y de agua sin piedad y de antiguas pesadillas de rosas muertas, de rosas secas, de rosas sin hijos.
Y sin embargo mira ahora el lamentable espectáculo de decepción en que se ha convertido, madre, lo que era un fabuloso tesoro de sus rosas blancas que ya no me sirven para lo que yo había soñado tantas noches mientras descifraba crucigramas del alba y es que ya no quería comprar rosas en los viveros de los palacios de cristal pues él quería más, quería tener sus propias rosas para llevarte una cada domingo de gloria y mira, madre, que este junio atroz de aguas sin medida me las ha destrozado y qué hago yo ahora sin mis rosas blancas, que podía hacer ahora con las rosas ahogadas, cómo podría vivir ya, mi amor, sin tus rosas perdidas.
TEXTO Y FOTO: Santiago IZQUIERDO
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